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Hola amigos, ¿qué tal?

Bueno, hace un buen rato que no hacía un video, en primer lugar, porque he tenido unas semanas muy movidas y también porque tampoco pretendo volverme YouTuber sino utilizar este espacio para compartir pensamientos y experiencias que han sido muy útiles en mi vida y que sé que también pueden ayudar a otras personas en sus procesos de trabajo interior, de sanación personal.

También creo que es importante hablar de temas que surgen en la vida diaria y que son importantes en mi vida en el presente, porque al compartirlos, yo mismo encuentro claves que me ayudan en mi proceso personal y creo que también funciona muy bien como terapia así que hoy voy a compartirles una experiencia un poco fuerte que he estado viviendo desde que mi hija Luciana nació y que se ha vuelto mucho más intensa en las últimas semanas.

Sucede que el nacimiento de Luciana es un evento para el cual Paula y yo nos preparamos por muchos años, a través de nuestro camino espiritual, de trabajo interno para estar listos para ser buenos padres y también de tener todo lo necesario para poder recibirla de la mejor forma. Sin embargo, nada me preparó para algo muy incómodo que me empezó a suceder desde que ella nació y fue que empezaron a llegar a mi mente muchos miedos, pensamientos negativos, cosas tan ilógicas y perturbadoras como sentir miedo de pasar con ella en mis brazos por el lado de una ventana abierta en un piso alto. El temor era algo así como miedo a que algo siniestro dentro de mí, me hiciera lanzarla al vacío.

Luego de sentirme muy mal por esas ideas tan traumáticas empecé a investigar en Internet y encontré que ese tipo de pensamientos son un mecanismo de protección del cerebro que genera esos temores para que uno se aleje de un peligro potencial. Leí que les sucede por ejemplo a dos personas que están caminando muy cerca una de la otra por una cornisa. El pensamiento de empujar al otro al vacío genera como respuesta que la persona se aleje un poco y eso reduce el riesgo de que por accidente uno termine empujando al otro. Del mismo modo, yo lo que hacía cada vez que me llegaba ese pensamiento, era aferrar a Luciana más fuerte, pero la verdad es que pensar en hacerle daño a un hijo es algo que pone muy mal la cabeza.

Luego de unos meses, los pensamientos que empezaron a atormentarme fueron más extraños y más profundos. De repente me asaltó un miedo a la muerte que nunca había sentido, casi como si fuera inminente que me voy a morir en cualquier momento. Eso me causó además un miedo a viajar en avión o incluso a accidentes de tránsito que la verdad, son irracionales. No solamente eso sino que con frecuencia me asaltaba también una preocupación por la posibilidad de que mi esposa o alguna de mis hijas sufriera alguna desgracias, y claro, lo complicado de ese tipo de pensamientos es que en la cultura religiosa y supersticiosa en que vivimos, uno asume que se trata de presentimientos, del presentimiento de que algo malo va a pasar y ahí, se empieza a complicar el asunto porque ya no parecen pensamientos sin sentido sino premoniciones de algo que de verdad va a pasar.

Esto por supuesto también lo empecé a investigar en Internet y también encontré mucha información y casos parecidos de otras personas en todo el mundo. Y resulta que hay tres factores muy frecuentes que se repiten en la mayoría de casos: Por una parte, al parecer cuando nos vamos acercando a la edad mediana, llegando a los 40, muchas personas tienen que enfrentar la decadencia y muerte de abuelos, padres, tíos, etc, y uno se empieza a hacer más consciente de su propia mortalidad; ya no es tan etérea y ajena como cuando éramos adolescentes, sino que se vuelve una posibilidad más cercana.

Este fenómeno pudo ser el que inspiró a Mario Benedetti cuando compuso el poema “Cuando éramos niños”:

 

Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía.

 

luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque era un océano

la muerte solamente

una palabra

 

ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en los cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte

de los otros.

 

ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.

 

El miedo a la muerte también es frecuente después de tener un hijo, porque se crea un apego muy grande a ese nuevo ser que llega a la vida de uno, que además es tan frágil que dispara todos los instintos de protección, pero también muchas veces el miedo a no estar ahí para ver crecer y cuidar a esa personita.

Y finalmente, la tercera causa común del miedo a la muerte, o la ansiedad que produce la posibilidad de una desgracia es la creencia inconsciente de que el sufrimiento es una parte inevitable de la vida, que, si somos muy felices, en algún momento tendremos que pagar por esa felicidad con dolor. Esto no parece un pensamiento común a primera vista, pero el peligro radica en que se trata de un pensamiento in-consciente muy frecuente en casi todo el mundo.

Nos educaron para admirar el sufrimiento de Cristo y muchos santos, nos enseñaron a darnos golpes en el pecho y repetir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, a sentirnos culpables por el placer sexual, por jugar con la comida, por decir lo que pensábamos, por no obtener las mejores notas, etcétera, etcétera. Y pues poco a poco nos fuimos acomodando en el sistema, pero el precio que hubo que pagar fue llenarnos de culpas, llenarnos de miedo al castigo divino por nuestra desobediencia. El problema es que esas culpas y ese miedo se anidan en el subconsciente y por obra y gracia de nuestra propia inconsciencia, permanecen ahí agazapados por años esperando el momento más inoportuno para pasar la cuenta de cobro y destruir la felicidad que hayamos podido construir.

Ustedes habrán conocido casos de personas que se suicidan cuando están en el esplendor de sus vidas, o que entran en depresión sin ninguna causa aparente, o que estando muy enamorados de su pareja, le son infieles con alguien que no vale la pena, solamente para destruir un hogar o causar sufrimiento, o personas que se apegan tremendamente a parejas que les hace sufrir, teniéndolo todo para ser felices solos o con alguien más. Todos esos casos sorprenden porque son irracionales, no tienen lógica, son ataques que surgen desde lo más profundo de la mente, y el victimario no es otro que la propia víctima que algún día prometió castigarse por todo aquello por lo que se ha culpado y que no ha podido perdonar.

Bueno, pues esto es lo que me empezó a ocurrir en los últimos años: miedos y pensamientos negativos recurrentes debido a acercarme a los cuarenta y tener una bebé hermosa, pero también empecé recientemente a sufrir la tercera causa del sufrimiento. Desde hace un par de semanas empecé a sentir los síntomas de una depresión leve que al principio me limité a ignorar porque no le veía razón ni sentido, pero que se fue haciendo cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un tormento de verdad. Llegué a llorar sin razón, temblar, tener dificultad para concentrarme en mi trabajo y lo peor, no poder disfrutar de las cosas que normalmente me dan felicidad como jugar con mi bebé, viajar, trabajar en lo que amo, conversar con mi familia, hacer ejercicio o incluso ver una película.

Ya en ese punto no pude ignorar más lo que me estaba pasando y la verdad es que los pensamientos de que me iba a morir o que algo trágico iba a sucederme se hicieron más frecuentes. A eso se mezcló una angustia existencial, de no encontrarle sentido a la vida, de pensar en la inevitabilidad del sufrimiento, la maldad en el mundo, muchas cosas. Yo creo que lo peor fue que empecé a sentirme abandonado de Dios, como indigno de su ayuda. Y teniendo en cuenta que llevo 7 años haciendo un bonito camino espiritual, que toda la vida he recibido muchísimas bendiciones de Dios pues la cuestión fue bien preocupante.

Paula es de las pocas personas que sabían lo que me estaba pasando y ella ya me había dicho que me acompañaría a buscar ayuda. Discutimos si debería visitar a un psiquiatra, pensando que podría ser una baja en la producción de serotonina, o a un psicólogo, pero la verdad yo estaba ya desesperado y tenía la convicción que lo mío tenía que ser algo espiritual, entendiendo como espiritual lo que atraviesa todas las dimensiones del ser humano.

Entonces decidimos consultar a una terapeuta que conocí hace unos 6 años, que se especializa en terapias de liberación emocional con una visión holística y técnicas de regresión.

Creo que demoré más en acomodarme en la camilla que en empezar a liberar todo lo que tenía en el pecho. La terapeuta me guio en una meditación y me pidió que le contara la razón por la que había ido. Le hablé de mis miedos, de los pensamientos negativos, la ansiedad y sobre todo el miedo a la muerte. Luego me preguntó que por qué pensaba que iba a morir pronto y la pregunta me sorprendió porque no tenía la menor idea, sin embargo, me dejé llevar por lo primero que me llegó a la mente y la respuesta que le di fue que por palabras que no debí decir. Entonces me preguntó que a qué palabras me refería y le respondí que hace muchos años, cuando me estaba separando de mi primera esposa, yo le había dicho que yo creía que no llegaría vivo a los 40 años. Ella me pregunto que qué sentía en el momento en que se lo dije y le respondí que placer, placer porque se lo decía para que se sintiera mal, para que se sintiera culpable.

La terapeuta me hizo una reflexión sobre el poder de la palabra y el problema de hacer decretos, que así no se digan con intención, se quedan en el subconsciente y se convierten en cargas muy pesadas. Me dijo que trabajaríamos en romper ese decreto, pero que lo haríamos más adelante. Entonces me dijo que fuera a mi infancia, que viera qué estaba haciendo. Y fue nuevamente muy sorpresivo porque lo que voy a contar es algo que no había recordado en décadas, no sabía que seguía en mi memoria.

Me vi encerrado en mi cuarto halándome el pelo y llorando con mucha rabia, probablemente porque mis papás me habían castigado, pero recuerdo que decía entre los dientes “me quiero morir”, “ojalá me muriera”, también recordé que me golpeaba la cabeza o la cara. ¡Y esto no sucedió una vez sino muchas! La terapeuta me preguntó que por qué decía que me quería morir y la respuesta fue la misma de antes: “Porque quería que mis papás se sintieran mal, que me extrañaran y se sintieran culpables”.

Luego, la terapeuta me pidió que me parara al frente de ese niño y le dijera que lo perdono por decir esas palabras sin sentido, por dejarse llevar por la rabia, por hacerme daño. Que le dijera que lo entendía y que sabía que sólo quería llamar la atención, de pronto sentí la necesidad de abrazar a ese niño y así lo hice por un largo rato mientras me salían todas las lágrimas que tenía acumuladas de quien sabe cuántos años.

El niño se calmaba y a medida que lo hacía yo sentía que de mi pecho salía una presión tremenda. Luego miré al niño a los ojos y cuando lo hice descubrí los ojos de Luciana, mi bebé. Entonces entendí por qué todo esto comenzó cuando ella nació. Su esencia es tan parecida a la que recuerdo de mi mismo en mi infancia que empezó a moverme por dentro a ese niño incomprendido a veces, que a pesar de estar en un hogar hermoso rodeado de amor, también se sintió solo muchas veces, incluso abandonado, que de pronto habría querido recibir más palabras de amor de mis padres, que de pronto a veces no se sintió suficientemente valorado.

El problema es que mis papás son tan pero tan maravillosos que mi yo adulto quiso borrar de un brochazo todas esas carencias y necesidades, y lo que quedó en el subconsciente fue esa idea de que desear mi muerte era una forma de llamar la atención cuando lo que quería era recibir demostraciones de afecto.

Luego, la religión hizo su parte cincelándome en el subconsciente el dogma de que desear la muerte es un pecado y que los pecados se castigan en el fuego del infierno. Pues resulta que el infierno se crea en la mente y así como como el infierno de dante tiene nueve círculos cada uno con su especialidad según los pecados de los condenados, en la mente cada cual crea su propio infierno de acuerdo con los pecados que no se ha podido perdonar: Depresión, Fobias, Ansiedad, Esquizofrenia, Trastornos alimenticios, Trastorno Obsesivo compulsivo, Farmacodependencia, indigencia y en últimas Suicidio, todos estos son los verdaderos infiernos a los que son arrojadas las almas de quienes no pueden perdonarse.

A mí, el haber podido dejar salir toda esa carga me ayudó muchísimo y me evitó seguir hundiéndome en una depresión sin sentido. Aún no me siento del todo bien pero el comprender el origen de la enfermedad me da herramientas para lograr mi sanación. Poco a poco voy regresando a la normalidad, a disfrutar la vida como se debe y a alejar cada vez más los pensamientos negativos. Sin embargo, entiendo que esto es un proceso que hay que seguir trabajando, que es un llamado a dedicarle más tiempo a mi equilibrio emocional.

Como dije al principio, quise compartir esta experiencia para de pronto ayudar a otras personas que puedan estar pasando por lo que yo he pasado, así que voy a listar las cosas que me han parecido claves durante este proceso:

  1. Los pensamientos negativos NO son inofensivos. Si suceden de vez en cuando, por razones justificables es normal. Si vienen con frecuencia y sin explicación, hay que buscar formas de alejarlos. Algunas maneras son la meditación, practicar algún deporte, “pensar bonito” como dicen los taitas de la selva. Leer libros sobre pensamiento positivo como “El Poder del Ahora” o aprender PNL pueden ser herramientas muy útiles.
  2. Evadir el problema NO hará que se solucione solo. Muchas veces tendemos a pensar que la tristeza o la ansiedad son “bobadas” a las que no hay que pararle bolas, que eso pasa y ya. Lo mejor es hablar del tema con seres queridos, buscar apoyo y consejo y hacer actividades que efectivamente mejoren la situación.
  3. Sufrir NO es inevitable ni santifica. A pesar de la idea que nos han metido en la cabeza de la santidad de los mártires, NO vinimos a sufrir, vinimos a aprender y a crecer, a vivir y disfrutar. El dolor es inevitable, pero sufrir es una elección. Sentir tristeza ante una pérdida o una tragedia es normal, pero seguir sufriendo indefinidamente o peor aún sufrir sin que nada negativo haya sucedido no tiene ningún sentido. El sufrimiento puede ser un maestro, pero no es el único ni el mejor.
  4. Busca ayuda. En mi caso, por ejemplo, que he escrito artículos sobre espiritualidad, hago videos, doy consejos, he hecho sanaciones, fue difícil aceptar que no iba a ser capaz de resolver el problema yo solo. Las cosas sólo comenzaron a mejorar cuando decidí hablar sobre mi problema con mis amigos, familia y finalmente buscar una ayuda profesional.
  5. Confía en Dios. Independientemente del concepto que tengas de Dios, de tus creencias particulares, tener la certeza de que hay un ser superior, una energía cósmica dispuesta a darnos la mano cuando lo necesitemos es un gran alivio y una parte muy importante de la sanación. En mi caso, entregarle mis miedos y preocupaciones a Jesucristo me ayudo a descansar enormemente.
  6. All You Need is Love. La definición que más me gusta de Dios es el Amor Universal, o la fuente inagotable de Amor, empezando por el amor propio, el amor de tu familia, de tus amigos, de tus mascotas si las tienes, es lo que más nos aferra a la vida, lo que nos da fuerza para levantarnos cada vez que nos resbalamos. A veces necesitamos que nos consientan, muchos abrazos, palabras bonitas. No tengas vergüenza, es algo tan básico como el agua o la comida.
  7. Busca la felicidad. Sea lo que sea que sientas que hace falta en tu vida, anímate a conseguirlo, haz ese viaje que siempre quisiste hacer, aprende ese arte que siempre has sentido que te gustaría expresar, dile lo que sientes a las personas a quienes amas, date el permiso de quedarte en la cama todo el fin de semana si llevas tiempo deseándolo. La vida es aquí y ahora y es justo el momento para ser Feliz.

 

Nada te llevarás cuando te marches

Cuando se acerque el día de tu final

Vive feliz ahora mientras puedes

Tal vez mañana no tengas tiempo

Para sentirte despertar

 

Siente correr la sangre por tus venas

Siembra tu tierra y ponte a trabajar

Deja volar libre tu pensamiento

Deja el rencor para otro tiempo

Y echa tu barca a navegar

 

Abre tus brazos fuertes a la vida

No dejes nada a la deriva

Del cielo nada te caerá;

Trata de ser feliz con lo que tienes

Vive la vida intensamente

Luchando lo conseguirás

 

Y cuando llegue al fin tu despedida

Seguro es que feliz sonreirás

Por haber conseguido lo que amabas

Por encontrar lo que buscabas

Porque viviste hasta el final

 

Abre tus brazos fuertes a la vida

No dejes nada a la deriva

Del cielo nada te caerá

Trata de ser feliz con lo que tienes

Vive la vida intensamente

Luchando lo conseguirás

Manu (121 Posts)

Caminante del chamanismo y la sabiduría ancestral como ruta a la expansión de la consciencia, la sanación holística y el encuentro íntimo con la Divinidad.


Categories: Autoayuda, Medicina

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